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¿Por qué insistimos en la autoridad de la Biblia?

           
(Publicado en la revista Líder Juvenil)
www.liderjuvenil.com


 Esta es una acelerada época que busca resultados efectivos a corto plazo. En el terreno del ministerio de la iglesia, lo anterior implica la búsqueda, a veces entusiasta, a veces desesperada, de métodos para alcanzar frutos rápidos y visibles. En relación con el ministerio juvenil, el fenómeno es, quizá, más acentuado aún. La mayoría de líderes juveniles están en permanente búsqueda de métodos más divertidos, más recientes o más emocionantes para instruir, entretener o simplemente motivar a los jóvenes. En este contexto, las fuentes de autoridad también se tambalean y se vuelven inestables y cambiantes. Así, los ministerios que insisten de manera obstinada en que la Biblia es la máxima autoridad en todo asunto de fe y práctica corren el riesgo de ser tildados de ingenuos o, peor aún, obsoletos. ¿Por qué deberíamos empeñarnos en mantener la autoridad absoluta de la Palabra en estos globalizados tiempos de los métodos gerenciales y tecnocráticos? Considera las siguientes cuatro razones teológicas.

Primera: Es el único libro que tiene origen divino.
            Uno de los textos clásicos en la teología de la revelación cristiana es 2 Timoteo 3:16. Aquí, el apóstol Pablo señala el origen divino de la Biblia utilizando una sola palabra griega: Theopneustos, traducida “inspirada por Dios”. Esta frase, la cual podría ser traducida literalmente “soplada o espirada por Dios”, posee dos implicaciones teológicas: primero, que la Biblia es la única fuente de autoridad que tiene un origen claramente divino. La única vez que aparece la palabra griega ya mencionada es para referirse a la Escritura. Aunque muchas veces se utiliza la palabra “inspirado” para referirse a algún canto o predicación, la verdad es que esa palabra está reservada solamente para la revelación escrita de Dios. Por tanto, las canciones que cantamos o las enseñanzas que escuchamos son valiosas en la medida en la que reflejan los infalibles principios de la Palabra de Dios.
            La segunda implicación teológica de la frase “inspirada por Dios” es que, técnicamente,  lo inspirado son los libros; no los autores. Por supuesto, la frase “inspirados” en español aparece también en 2 Pedro 1:21 para referirse a los escritores. Sin embargo, la palabra griega no es la misma. Pedro utiliza la palabra ferómenoi, la cual significa “llevados”, “guiados” o “impulsados”, como traduce la NVI. Por supuesto, el Señor ejerció una acción guiadora y directora sobre los escritores humanos. Sin embargo, no es exacto utilizar la palabra “inspirados”, ya que, como ya se ha mencionado, esta palabra está reservada exclusivamente para el resultado de su trabajo: los libros de la Biblia. En este sentido, entonces, todo lo que Moisés escribió en la Escritura es inspirado por Dios, pero no todo lo que el líder escribió o dijo en su vida lo es. Como puede verse, la Palabra de Dios es superior aun a sus escritores humanos. Por ello es que debemos insistir en su autoridad absoluta.

Segundo: La Palabra de Dios da origen al pueblo redimido
            En su primera carta, el apóstol Pedro afirma que los creyentes son “renacidos… por la Palabra de Dios…” (1 Pedro 1:23). Lo que este pasaje comunica es que la vida de Dios; la vida eterna; la vida verdadera es generada por la predicación de la Palabra eterna del Señor. En el pasaje se contrasta el nacimiento por medio de “simiente corruptible” (es decir los padres terrenales) y el segundo nacimiento, el cual se efectúa por la Palabra “que vive y permanece para siempre”. Santiago 1:18 reafirma este concepto, cuando dice que Dios “nos hizo nacer por la palabra de verdad”.
Existe una discusión muy común en la Bibliología que trata de definir si la iglesia origina la Escritura a través de su aceptación de los libros inspirados. Sin embargo, a la luz de estos pasajes, se puede decir que no es la iglesia la que le da autoridad a ella, sino al contrario: la Biblia es la que le infunde vida al pueblo del Señor. Como dice Samuel Escobar, “el pueblo surge de la Palabra, por eso se somete a ella”. Cualquier tradición, opinión, método o costumbre de la iglesia queda supeditada al escrutinio vivificante y final de la imperecedera Palabra de Dios.

Tercero: La Biblia señala a una persona: Jesucristo.
            A pesar del aprecio y respeto que los creyentes poseemos por la Biblia, corremos el riesgo de caer en el extremo de casi llegar a ser “bibliólatras”. Esta frase puede sonar extraña, pero lo cierto es que no debemos olvidar que la Biblia es el medio de revelación que señala a una Persona: Jesucristo. El mismo Jesús lo ratifica cuando afirma con autoridad que las Escrituras “dan testimonio de mí” (Jn. 5:39). Además, cuando se apareció a los discípulos en el camino a Emaús, declaró que todo el Antiguo Testamento (“la ley de Moisés, los profetas y los Salmos”) daban testimonio acerca de él (Lc. 24:44). ¿Te das cuenta? En otras palabras, la Escritura es valiosa porque nos da la oportunidad única y sublime de conocer a través de ella nada menos que al Maestro de maestros; al Rey de reyes y Señor de señores.
            De acuerdo a esa perspectiva, entonces, el poder de la Palabra de Dios no se encuentra en sus páginas; es decir en el papel, la tinta y la cubierta utilizados en su fabricación. Su poder se encuentra en la capacidad sobrenatural de mostrar el carácter y la gracia de Cristo a través de la preparación, la ejecución y la consumación del plan divino para la humanidad. Dicho de otra manera, la Biblia no es un amuleto de la buena suerte o una suerte de símbolo mágico que ahuyenta los malos espíritus. Su autoridad proviene de la historia y los principios que revela, ya que éstos son un testimonio de la Persona más importante de la historia: Cristo Jesús. Esa es una de las más importantes razones para insistir en la autoridad de la Palabra de Dios.
             
Cuarto: La Biblia transmite el poder de Dios que transforma la vida del creyente
            Ya se mencionó antes que la Escritura da origen al pueblo de Dios, por medio de la predicación. Ahora se debe señalar que, además, la Palabra de Dios posee en sí misma el poder transformador de Dios. Pablo lo declara en su primera carta a los Tesalonicenses cuando los felicita por haber recibido su predicación, no como un mero discurso humano, sino como la Palabra de Dios, “la cual actúa en vosotros los creyentes” (1 Ts. 2:13). La palabra utilizada por el escritor es energeitai, la cual da la idea de trabajar de forma activa y efectiva. Como puede verse, el apóstol personaliza la Escritura y le da un poder independiente del predicador, ya que es ella la que actúa para transformar al creyente. Lo anterior está en consonancia con otros pasajes que dicen que la Biblia tiene vida propia y realiza cambios notables en la vida (Heb. 4:12).
Por otro lado, es oportuno señalar en esta época casi obsesiva con el tema de la liturgia que la obra poderosa de transformación viene a través del estudio fiel, perseverante y serio de la Palabra del Señor, no de los cantos o las ceremonias que realizamos en el culto, por muy agradables y necesarias que sean dichas actividades. Lo anterior implica que, la iglesia podría crecer en su relación con Dios aun sin tener cantos, ayuda social u ofrendas, pero no podría hacerlo sin la Palabra del Señor. Es más, la iglesia podría seguir siendo transformada sin tener predicadores, siempre y cuando cada miembro estudiara eficazmente la Biblia por su cuenta. Así de autoritativas son las Escrituras, las cuales nos pueden “hacer sabios” para la salvación.
En estos tiempos en los que se idolatra el éxito, la Biblia parece ir cediendo su lugar ante los métodos novedosos y “más efectivos”. Sin embargo, su autoridad se mantiene intacta, debido a su origen divino, a su precedencia sobre el pueblo de Dios, al testimonio fiel de Jesús y a su poder transformador. No existe otra fuente de autoridad que tenga credenciales tan elevadas como la Escritura. Estas son, no solo fuertes razones para insistir en su autoridad absoluta, sino también motivos teológicos prácticos para elevarla hasta el sitio que ella se merece en la vida personal y comunitaria de los miembros de la iglesia del Señor.

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